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Las ciudades se convierten en una marca y los ciudadanos están obligados a comportarse como engranajes para la producción de valor. La cultura es uno de ellos y representa un escenario en el que el símbolo es lo que vende. El mercado global es el que hace que las culturas se muevan y sólo se mueven aquellas que están en condiciones de producir beneficios. Esta asimetría de sentido hace que la diversidad sea una palabra hueca que no tiene razón de ser sino en un entorno de liberalismo. Toda cultura es así susceptible de ser convertida en producto.

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