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La mayoría de los productos culturales “creados” por las instituciones públicas están diseñados para la contemplación y el consumo. Sin embargo la cultura y lo que debería ser su gestión tendría que incidir con decisión en los comportamientos, en el pensamiento y las formas de enfrentarse a las ideas. La gestión de la cultura debería volver a la ideología, fundamentarse sobre los conceptos y sobre la controversia, recuperar el espíritu de transformación. Sin embargo se está consiguiendo  asentar la vulgaridad de una gestión posibilista en la que la teoría de la cultura y sus componentes de provocación intelectual son absolutamente marginados y ninguneados. Las políticas públicas de cultura avanzan como la política en general: por unos canales secuestrados y ausentes absolutamente de principios ideológicos. No hay mucha diferencia entre los programas públicos de cultura y los de las industrias culturales. Eso es una enorme aberración y refleja una espantosa uniformización entre los mercados y las políticas. Una apropiación indebida del espacio simbólico en pos de un beneficio, financiero o de partido, que hunde la estética y la ética de la cultura.

La política cultural no puede descansar sobre estructuras que se fundamentan sobre el conservadurismo eficientista, el posibilismo estructural o la rentabilización de las inversiones. El resultado de estas actitudes es, en realidad, la privatización de unos intereses que pertenecen a todos y que no puede dejarse en manos de unos gestores ausentes de empuje ideológico.

La combinación de los intereses financieros de las industrias y los mercados, con unas políticas de partido de baja intensidad democrática y la dejación de responsabilidad de una buena parte de los ciudadanos forman un triangulo nefasto para las políticas culturales de transformación.

Ni los mercados ni las políticas, tal y como hoy las conocemos, van a hacer nada por una cultura que recupere la ideología, por una cultura indagatoria, critica, insurgente. Confiar en ello es ingenuo y cerrar los ojos  es hasta peligroso. La privatización de la cultura es la privatización del pensamiento. Y no podemos olvidar que en muchos momentos de la historia ha sido el arma más útil y eficaz para dominio. La tendencia al totalitarismo se alimenta directamente del abandono ciudadano de la intervención directa. Recuperar la subversión.

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  1. Cómo mola. El cambio está en entender lo público como todo eso y sobre todo entender lo público más allá de la institución. Existe, o eso creo, otro tipo de “industria” que asume su papel, en el ámbito de la mediación, sin apostar por la privatización ni la “estatalización”. Porque ya ves en manos de los políticos que estamos… y la cultura que hacen. Muy buen post!

  2. Recuperar la subversión.

    La “rentabilización de las inversiones” es un concepto perverso, y no debería serlo. Se falla en las acepciones de lo rentable y lo invertido.

    Desde mi hacer, imagino plantar audiovisualmente posibles mapas contrafractuales. Pero me falta algo para empezar, que no sé cómo explicar.

    ¿Cómo recuperar la subversión?.

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