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Quizá estamos instalados en una especie de censura (autocensura porque nos callamos lo que pensamos que puede sentar mal a nuestros próceres) posibilista de carácter funcional y mercantil. Quizá nos hemos instalado, como sociedad, en un lugar en el que nos otorgamos poco espacio para los sueños y la utopía porque convenimos en que lo mejor es ser “realistas” y ver la actualidad bajo un prisma de prudencia utilitaria. Resultado: la anulación de los sueños (siempre que esos no lleven a un tener más) imposibilita que esbocemos una sociedad de futuro humano. El alma de nuestro pensamiento tiene que llenarse de amor por el riesgo y la transgresión. Lo demás también vendrá (el desarrollo que algunos pretenden) pero lo hará marcado por una tendencia sosegada hacia la humanización, hacia el equilibrio y la armonización entre las necesidades materiales y las espirituales (permítanse no mezclar espiritualidad con religión). Instalarnos en esta censura de pensamiento es instalar a la sociedad en un declive de corte darwinista en el que la fuerza económica es la que empuja a la desaparición de los “débiles”.

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