[#703]

Calidad, excelencia, estrategia, planificación… me suena a querer que nos salve quien nos ha hundido. Me da un poco de miedo seguir con esos principios. Como el capitalismo que quiere reinventarse y lo hace pero con más fuerza abrasiva y destructiva. A costa de buscar esa calidad, esa estrategia,  hemos olvidado la necesaria participación de todos en este “negocio”. Hemos abandonado la calle y nos hemos subido a los altares. Sin pretender que esa calidad es absolutamente necesaria deberíamos preguntarnos a quién y para qué la estamos exigiendo. No creo que la cultura, en su fundamento básico,  deba establecerse únicamente desde esos términos, desde esos paradigmas, desde esas varas de medir.  En todo caso debemos tener bien claro a quién exigimos eso. ¿También al ciudadano que quiere crear, que quiere inventar, que quiere generar…? Siempre he dicho que más que cuántos vienen a un concierto nos debería interesar cuántos tocan la flauta. O cuántos salen de los conciertos con esa intención. Aunque parezca una barbaridad me emocionan esas exposiciones en la que los cuadros no podrían colgarse en los templos del arte. Aquellos conciertos de bandas que jamás podrían subirse a escenarios “dignos”.  Por una razón, porque significa que ha habido un proceso de ilusión en quienes los han pintado, en quienes reproducen esa música “no apta”. Y esa quizá es la esencia. Porque la cultura no se genera desde la calidad ni la excelencia sino desde la fecundación del interés por cultivar las sensibilidad, el pensamiento, la crítica, el compromiso…

Quizá sea hora de dividir los planteamientos y medir muy bien cómo queremos actuar ante el ciudadano. Que sepamos que la excelencia corresponde al mundo del producto y la esencia corresponde al mundo del alma. Y que quizá el alma es lo que debamos despertar. Abrir las puertas a que cualquiera pueda crear, manifestar sus sensibilidades sin que se coarte su necesidad por medidas cualitativas derivadas de un planteamiento de mercadeo.

Aparquemos un poco las estrategias, que son útiles para determinados objetivos, y planteemos mapas que despierten las ganas de viajar, que inciten al ciudadano al movimiento, a la búsqueda, a la aventura. Que no sean planos cerrados por donde las instituciones queramos que circulen sino que, en un modo de estructura abierta, sean ellos quienes señalen también los puntos, las rutas, los apeaderos, los lugares de interés. Que participen en esa construcción de una cultura abierta, dinámica, envolvente… porque los mapas ilusionan en cuanto se abren. Y no creo que las estrategias ilusionen cuando se leen.

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