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El reduccionismo economicista está haciendo perder la perspectiva de la cultura como un magma. La explotación de los consumibles culturales es una fijación maniática que no tiene otro origen que el desconocimiento y avaricia. Es más la tendencia a propiciar un consumo masivo de estos productos (por supuesto vacios de contenido) resuelve la ecuación a favor de la elaboración de productos de fácil “digestión” y de rápida fabricación. Evidentemente hay que mantener las tres necesidades del mercado: fabricación, distribución y consumo. Una de las mejores maneras para favorecer esta necesaria rentabilidad de consumo se resuelve auspiciando “aglomeraciones transitorias” en forma de festivales, expos y demás macroeventos tan al uso. La cultura local se desvanece ante estas manifestaciones que, además y para colmo, se venden con la envoltura de crecimiento y maravilla ciudadana.

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