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La defensa de la institución pública de cultura se hace hoy, si cabe, más necesaria que nunca. La influencia del discurso privatizador y las estructuras internas forzadas a permanecer en modelos fordistas y de concepción burocrática más que creativa, hacen que se difunda con eficacia la creencia de que las instituciones públicas ya no tienen demasiado sentido en la gestión de la cultura ciudadana. La divergencia entre los procesos institucionales y los ciudadanos se acrecienta. El sentimiento de alejamiento también. Es necesario un replanteamiento que provenga, como ya he dicho en múltiples ocasiones, desde los dos interlocutores. Un replanteamiento que canalice las iniciativas y reconduzca a la institución y al ciudadano a completar los papeles que a cada uno se le requiere. Y un poco al margen aunque no tanto: cuando se habla de institución pública ¿Se comprende que en ella coexiste el nivel técnico con el político? ¿Se es consciente de que también existe una disfunción, muchas veces insalvable, entre estos dos ámbitos? Es evidente que se necesita un decidido dialogo.

No obstante hay un espacio inmenso que puede y debe ser compartido, un espacio que quizá deberíamos construir si es que no queda claro. Hablemos en este caso de la maquinaria: los equipos de trabajo. Porque es evidente que la relación con la sociedad civil tiene un filtro importante en ellos. Y si bien contamos con una cualidad inequívoca (y no siempre bien entendida) dentro de la estructura de personal de las instituciones, el funcionariado, no deberíamos pasar por alto que antes que una rémora debería ser esta una fortaleza (“que lo hagan ellos que para eso cobran”,”yo no voy a dar ideas para que se pongan medallas”, dicen unos; “estos culturetas se creen muy listos”, “aquí sólo vienen a pedir”, dicen los otros, mientras éstas y otras sentencias lapidan cualquier asomo de diálogo). Sin entrar en las diatribas habituales sobre la conveniencia o no de la clase funcionarial (ésta es otra de las estrategias del capital que enfrenta a los trabajadores para olvidar quién es el verdadero “enemigo”) ni sobre la organización estructural de las instituciones de cultura, creo firmemente que debemos hacer un esfuerzo conjunto por comenzar a marcar nuevos modelos de relación y de creación conjunta. Cada uno desde su espacio tiene una responsabilidad y todos en conjunto la de crear una sociedad determinada.

Nos toca encontrar nuevos caminos. Y uno de ellos, el más importante, es el de conjuntar inteligencias, articular conocimientos, incorporar pensamientos. Fractalizar las estructuras clásicas para componer y recomponer formas nuevas que se enfrenten a la complejidad, a la temporalidad, a la intermitencia, a la mezcla… puede sonar extraño pero desde las plataformas básicas de trabajo es desde donde podemos comenzar a liquidar viejos modelos. No olvidemos en todo caso la dificultad de ello cuando gran parte de estos equipos permanecen sometidos a procesos jerárquicos y burocráticos que, las más de las veces, arruinan la iniciativa y matan la voluntad. ¿Qué hacer cuando el final del crecimiento está en el limitado horizonte de quien manda? En todo caso sigo creyendo que las cosas se pueden y deben modificar desde dentro. Porque ni la calle ni la institución tienen la verdad. Ni la calle ni la institución, por si solas, pueden arrogarse la exclusividad de la certidumbre.

Nuevos modelos de gestión compleja, pues, son ineludibles. Gestión mixta más allá de los acostumbrados procesos de participación. Ni la administración tiene que “hacerse cargo” ni los ciudadanos tienen que “dejarse llevar”. Renovar las conversaciones como primera medida. Y renovarlas  superando los complejos mutuos, aparcando las rémoras. Integrando desde la metaestructura. Ni el poder ni la jerarquía tienen cabida porque la autoridad reside en la conjunción. Retomar responsabilidad compartida más allá de la mera instrumentalidad. En definitiva: volver a la gestión de lo común y lanzarla a la categoría de construcción política, hacerlo desde la posición de interacción comunitaria. Desde la acción cohesiva. Superar la dicotomía administrador-administrado que nos ha llevado a modelos de inmovilismo y enfrentamiento .

El conocimiento y la inteligencia colectiva deben ser los motores para la cogestión de una cultura que es esencia más que propiedad. De ahí la necesidad de derivar hacia una actitud que pretenda la cultura como un bien común, de nadie, ni de individuos ni de estados que se otorguen la exclusividad. No puede ni debe hablarse ya de administración de la cultura sino de una cogestión que garantice la creatividad abierta liberada de las orientaciones de privatización siquiera conceptual. Entre la desapropiación y las franquicias hay un espacio inmenso que no puede ser otro que el de la construcción de un cosmos abierto y conjuntivo

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  1. Muy de acuerdo con tu post, y muy apropiado tras las elecciones municipales.Claro que el quid de todo esto está en las herramientas, en cómo te lo montas para cambiar esa percepción del ‘hacerse cargo’ de la administración y del ‘dejarse llevar’ de los ciudadanos, y también la del político -muchas veces más politécnico que político-. Horizontalidad, corresponsabilidad y, sobre todo, empoderamiento, me parecen conceptos clave, conceptos que, a su vez, implian un cambio en las mentalidades a un nivel muy profundo, y en eso básicamente consiste una revolución.

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