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Es posible que buena parte de los planes estratégicos de cultura nazcan ante la necesidad narrativa como excusa para transcribir una limitadísima visión de la cultura (mecánica y suceso), ante la necesidad de un ropaje consistente con el que vestir galas porque, en realidad, no se entiende de verdad en lo que se está trabajando. Las estrategias suelen ser balbuceos más o menos cabales que intentan acoger y representar lo que se supone que necesita la calle, meras alucinaciones transitorias que nunca sirven como hilo argumental aunque pretendan serlo… ensayos para canalizar la oficialidad de un discurso que intenta ablandar la cultura, hacerla útil para menesteres de posibilismo político. Muchas otras veces he dicho que mapas más que estrategias son necesarios para la cultura local. Lo que ocurre es que el mapa implica búsqueda e incertidumbre. Porque la cultura es intemperie, algo que está siempre cerca del caos original. Pontificar sobre ella es reducirla a la monotonía de la verdad sesgada. En todo caso programar en el ámbito de la cultura no es cuestión de ofrecer sino de abrir campos, de proponer un placer de ida y vuelta. Un camino abierto en un mapa.

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