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Una judía no es gastronomía. Unas judías bien elaboradas pueden serlo o no. Porque hay una diferencia radical entre gastronomía y la necesidad de llenar la andorga. Una flauta no es cultura. Un solo de flauta puede serlo o no. Porque también hay una diferencia sustancial que parte de la esencia. El asunto es si desde las administraciones públicas estamos trabajando por la gastronomía o por llenar la andorga. Valga decir que ambas necesidades, la gastronomía y llenar la andorga, son absolutamente dignas, necesarias y respetables. La cuestión es saber dónde se está y qué se pretende para no magnificar o trivializar según sea, para no establecer relaciones de valor sino para identificar la sustancia, la esencia de lo deseado. Sobre todo porque tampoco unas judías excelentemente preparadas pueden modificar por si mismas el concepto de gastronomía sino que necesitan una relación abierta y heterogénea que abran la experiencia del conjunto, que amplifique las sensibilidades. Un concierto no hace cultura ni provoca por si mismo una sociedad culta. Ni uno ni mil. Por eso pienso que no hay por qué exigir que la cultura sea culta, lo que hay que exigir es que sea humana. Es el único camino por el que podrá llegar a la sociedad completa.

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