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Siguiendo de algún modo la línea argumental de Jorge Fernández Gonzalo ¿se puede hablar de una cultura zombi? Esa que ha muerto pero se resiste a desaparecer. Y por supuesto que no hablo de la muerte de la Cultura porque, en su sentido esencial, esa muerte es imposible sino que hablo de la muerte de ese modelo de interpretar la cultura que manejan las instituciones públicas (también las académicas) una cultura que “sigue en pie” mientras va perdiendo girones y su descomposición avanza en la misma medida que se empeña en no desaparecer. Un simulacro de vida que puede referenciar perfectamente la cultura aparentada. Es decir la que se reduce a unas funciones “vitales” básicas limitadas a un aparato locomotor deslavazado y titubeante (acciones y acontecimientos) y a una búsqueda enfermiza de inútil ingesta alimenticia (subvenciones y edificaciones) por carecer de órganos digestivos operativos. Curiosamente esta metáfora coincide con la realidad actual y la ficción sigue construyendo ficción de modo imperativo y ausente, alejado de la realidad y contando con unas referencias que ya no son útiles. Curiosamente también, desde gran parte de la intelligentsia se sigue en este empeño zombi. Un ritualismo ingenuo que pretende la cultura como una narración, como una retórica de lo ficticio porque ficticia es esa vida que el zombi se empeña en mantener. Se puede hablar de la cultura zombi y mucho más adecuadamente de la gestión zombi de la cultura.
La gestión zombi representa lo desagregado, como si su comportamiento no fuese sino la intención de satisfacer “su” apetito fuera de las convenciones sociales que aconsejan actuar en grupo para alcanzar mejores y más convenientes resultados. La gestión zombi se ejemplariza por esas instituciones que evolucionan al margen de la lógica de lo común, de la comunidad. En todo caso cualquier relación ya sea institucional o interinstitucional erosiona cualquier amago de cooperación en función de ampliar los estadios de poder y de configurar las voluntades al antojo de las jerarquías. “El zombi es una fuerza que trata de aumentar su poder (pero que no puede contenerlo), de captar flujos humanos vivos y de obligarles a ingresar en las hordas” nos dice Fernández Gonzalo y tal vez esa es la fuerza que hoy transmiten instituciones que fuerzan a un comportamiento “externo” sin importarles realmente la realidad que fuera se mantiene viva. Un zombi no interactúa sino que realiza lo necesario para satisfacer su instinto de “supervivencia”.
La gestión zombi y la institución zombi forman un ejemplo de coparticipación sin empatía, simplemente empujadas por ese instinto compuesto que fuerza a una incomunicación con apariencia de intercambio. Y no busca la interacción empática sencillamente porque el poder no la necesita. El fracaso del pensamiento derrotado por la acción del instinto. En todo caso este comportamiento ficticio toma tales dosis de “realidad” que la consideramos como tal y de un modo tan absoluto que un intento de recuperación es absurdo e inútil ya que esta horda zombi ha ocupado todos los espacio y, como es de su naturaleza, el ataque a los vivos es perceptivo. Lo real y lo ficticio se entremezclan de un modo peligroso y las políticas de mediación hacen que no se pueda distinguir de ningun modo lo que eso vivo o no-muerto, incluso que se sospeche de inmediato ante alto que se presienta como vivo y que advierta de la amenaza zombi. La política del miedo está perfectamente integrada.
La gestión del acontecimiento se impone en este mundo de cultura zombi ya que este acontecimiento es una metáfora del consumo de carne a la que los no-muertos se ven constantemente abocados. El consumo de carne, el consumo de acontecimientos. Un no-muerto no puede controlar el impulso de perseguir para comer nuevas victimas. La gestión zombi no puede controlar el impulso de emprender nuevos acontecimientos sin una reflexión sobre sus efectos o necesidades. No puede parar y reflexionar, necesita producir en una especie de desarreglo pulsional que fundamenta una “gestión por obsesiones”.

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