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¿Podríamos hablar de un necesario “posteventismo”? Todas las AAPP han demostrado, en mayor o menor medida una gran capacidad de producción y de promoción de espectáculos diferentes entre si casi de forma exclusiva según su capacidad de gasto o de endeudamiento. La obsolescencia de un modelo de gestión publica de la cultura fundamentado sobre la distribución de acontecimientos nos conduce a una encrucijada cada vez más embarazosa y aparente ¿se puede mantener un modelo derivado únicamente de las “necesidades” de consumo? ¿Se puede articular con las realidades de unos modelos económicos cuestionables y cuestionados además de cada vez más tendentes a aumentar las desigualdades? Los productos culturales se han colocado en la misma línea de consumo que cualquier otro y se ha trabajado a fondo para introducirlos en el mercado interno y externo. Se puede decir que existen verdaderos especialistas en mercadotecnia de la cultura, profesionales que proliferan a medida que el discurso pone a la cultura como máximo exponente del desarrollo económico de los pueblos (insisto en que se confunde el contenido con el continente pero, en fin, creo que de eso ya he hablado) y se habilitan masteres y postgrados para reforzar la sentencia. Hemos alcanzado una paradójica saturación del mercado. Por una parte ya no produce satisfacción su consumo dada la simple inercia consumista y, por otra, por evidentes causas de posibilidad real, no damos cobertura a una demanda cada vez más  amplia y exigente. Sencillamente, las necesidades de la calle ya no concuerdan al cien por cien con las fórmulas de distribución tradicionales. Y no podemos dar cobertura porque no nos estamos esforzándo suficientemente en procesos de investigación ni avanzando en revisar modelos. Y entramos en el circulo vicioso de no poder avanzar porque “necesitamos” mantener (algo así como el modelo de gestión cultural zombi al que me refería más arriba.) Los gobiernos locales ya no pueden ser esos intermediarios que compran y venden cultura según el antojo tecno-político de turno.  La estructura burocrática y jerárquica sofoca y contamina procesos que deberían funcionar a modo Lego que permitiesen construir nuevas plataformas. No digo que sea fácil. Es necesario que haya una transformación doble, también lo he señalado en ocasiones anteriores, en la que el ciudadano se desprenda de las reticencias que mantiene hacia la administración y pueda concebir que sin una colaboración va a ser cada vez más imposible el progreso. Es necesario sentarse alrededor de mesas multinivel y multicriterio que superen las estructuras estancas (tanto en el ámbito interno como en el externo), que se complementen sin anularse. Lo público no está dentro de las instituciones, está evidentemente fuera. Pero sin las instituciones lo público deja de tener ese sentido que aglutina el procomún.

Este posteventismo, o como quieran llamarle, es como una especie de “banda ancha” de la cultura por la que pueden correr a gran velocidad creaciones, contenidos, experiencias, investigación… porque se han abandonado esos modem analógicos de los grandes eventos.  Y por supuesto no hablo exclusivamente de espacios digitales aunque el símil use su terminología. Hablo de combinar las realidades tecnológicas con los espacios físicos, con el contacto, una apuesta por el modo multisistema por la multiplexación. Pero para ello son cada vez más necesarios laboratorios locales de investigación cultural que permitan retirarse de las normas conocidas de relación ciudadanía-administración (y cuando hablo de ciudadanía en el ámbito de la cultura lo hago con todo conocimiento de causa y no me reduzco al ámbito de los creadores precisamente porque si la sociedad completa es el destinatario-productor de la cultura mal hacemos en centrarnos en el mundo de la creación como únicos interlocutores válidos). Evidentemente ello requiere de una conciencia clara y de una amplia modificación de las mentalidades. La desisntucionalización de la cultura que en otros momentos propongo no va por el abandono de las responsabilidades pública sobre ella (qué más quisieran los ultraprivatizadores) sino de abandonar esa condición de concesionarios, en el sentido de mercado,  que las AAPP han venido teniendo sobre todo en las dos últimas décadas.

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