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Cultura local, ¿gestión del procomún? El agotamiento de la gestión cultural desde las Instituciones Públicas (más allá del acontecimiento) pone de manifiesto la necesidad de construir nuevos espacios de reflexión y conocimiento en los que los saberes opten por la cooperación y la coproducción abiertas. Potenciar y liberar la creación así como dotar de instrumentos para la construcción y consolidación de una cultura del procomún y desde el procomún. Retomar la práctica colectiva y los procesos de confianza mutua para la construcción y reconstrucción de las experiencias de comunidad.

 

Esta gestión del procomún, en contra de los procesos de privatización de las oligarquías, propicia con rotundidad la conservación, mejora y potenciación de un sistema cultural sustentado sobre las labores colectivas y más allá del pensamiento único y oficial. El acotamiento burocrático de la administración y la puesta de la cultura en manos de sus “expertos” ha contribuido a un dirigismo que no ha conllevado mejoras ni desarrollo de los bienes y riquezas culturales creadas por una ciudadanía libre. Se ha propiciado continuamente un dejacionismo ciudadano en pos del manejo de nuestras “necesidades” por organismos no conniventes y en muchas ocasiones prepotentes y traficantes de una cultura que no era sino la manifestación de un avatar político que intenta edulcorar las verdaderas intenciones de monopolio del pensamiento. Es evidente que en muchas ocasiones buena parte de los gestores han sido gestores de la cultura oficial y, aun sin pretenderlo de desde la buena voluntad, han colaborado convencidos de que se estaban estructurando políticas de cultura bien comprometidas. La verdad es que se ha entrado de lleno, en demasiados casos, en el paradigma mercantil y se han reproducido los discursos de forma, quiero creer, confiada.

 

La gestión del procomún es, como comienzo, un modo de garantizar la implicación plena de los comunes en el devenir de una sociedad con fundamentos colectivos. Lo contrario es la cultura desposeída y dependiente, una cultura que no establece sino acciones en pos de un efecto profiláctico bajo un régimen de cultura mercantil que pierde todo su significado y permanece subsumida a los criterios del capital y de la clase dominante. La ideología de la eficiencia (política y económica) manda y se subvierten los principios del procomún bajo los criterios de gestores y creadores “expertos”. En última instancia se la ve como una carga para el capital. Se ha colonizado la cultura como se ha hecho con la vida privada.

 

Nada más oportuno para desterrar la gestión por stock (la venta de productos culturales desde el sistema de aparadores) que únicamente visibilizan aquello que tiene salida dejando en el fondo creaciones y manifestaciones poco “dignas”. Sencillamente porque la cultura no es cuestión de escala. Ni en su sentido estricto, puede tener dueño. Precisamente en eso consiste el procomún, no es que sea de todos, es que no es de nadie. Nada más claro para asegurar que las instituciones públicas deben  subordinarse al ecosistema cultural que entre todos se crea.

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