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La hipertrofia de la pretendida cultura (ese intento tan absurdo como pretencioso y populista, mezquino por mercantilista y demagógico, de pretender la cultura en todo y por todo; una cultura, por cierto, únicamente entendida desde la transacción de espectáculos y de gentes que hacen turismo) ha fingido una humanidad sensibilizada y orientada hacia el conocimiento. La realidad nos devuelve cada día la cara equivocada de esta estúpida pretensión. Estúpida por no ser sino una doctrina de suplemento dominical  banalizada hasta dimensiones absurdas y sustentada por la extravagancia política de hablar de lo que no se entiende hasta desprestigiarlo y anularlo. Una actitud que ha convertido la cultura en una especie de fetichismo al que se recurre para disfrazar la ignorancia, para ocultar que se es incapaz de comprender algo que no vaya más allá de una descafeinada sarta de discursos y de alegorías exhibicionistas. Y sobre todo porque los que tienen el poder utilizan este desconocimiento delirante para generar una parafernalia desbocada en favor de sus paranoias (habitualmente relacionadas con los grandes eventos y el ladrillo). El ciudadano vive deslumbrado por esta adoración y reclama fastos en función de esa falsa fachada, reclama que se le engañe. Vuelve a la ignorancia desde la cultura, una triste paradoja de esta civilización orientada a las magnitudes. Cuantos más oropeles más insignificante el progreso. Hacia la incultura por la cultura.

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