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¿Podríamos hablar de una cultura directa? En el sentido que ha tomado en los últimos tiempos el termino democracia directa. Una cultura creativa, representativa y participativa que aspire a ocupar el espacio que le corresponde y que se manifieste en el necesario tono emancipatorio, que trascienda de las maquinarias burocraticas del estado y de las normativas del mercado. Una cultura madura con capacidad, talento y coraje para conjugarse en una especie de movimiento cultural sistémico y asambleario. Canalizada desde espacios de autonomía que interactúen (ni se subyuguen ni invadan) con los estamentos públicos en una confluencia de crecimiento compartido (lo público es esencial y la cultura pública hay que dignificarla sin anularla, como la educación y la sanidad). Recuperar la calle para “intranquilizar a los mercados” y ofrecer una perspectiva de movimiento ciudadano que termine de una vez con la idolatría al capital y al partido. Porque no cabe ceñirse a uno u otro sin cuestionar a fondo una comunión entre poderes (añadamos de paso a las iglesias como inevitables leviatán).

Enfrentarnos a lo que ha sido una especie de “culturalismo” que ha hecho de esta un objeto fetiche para disculpar y fomentar la mercantilización de imaginarios y conciencias. Que la ha utilizado para impulsar aberraciones urbanísticas y la ha puesto por delante para alentar y estimular puestos de trabajo precarios y alienantes (cuánto se llena la boca con la influencia de la cultura para crear trabajo y qué poco se analizan las realidades de esos puestos). La mercancía sigue estando en el centro de las mentalidades y mercancía somos todos y todo lo que se pueda vender y comprar.

Cultura política, cultura de mercado y cultura social no marchan por caminos confluyentes y la tercera pierde siempre porque debe acatar normas externas que en muchas ocasiones van en su contra, en su detrimento. Muy fácil: si el bienestar no es consecuencia de consumo, aunque se empeñen los profetas del desarrollo, no hay tampoco ciudadanía culta por mucho que se consuman productos más o menos culturales. En todo caso hay ciudadanía consumista. Es mas, según que productos se consuman puede producirse una auténtica intoxicación que debilita y destruye los órganos digestivos, en ese caso el cerebro (ya escribí de esto en 2007, ver “Ecología de la cultura y algún símil gastronómico: por un sabotaje desde dentro” http://www.edicionessimbioticas.info/Ecologia-de-la-cultura-y-algun) La intoxicación cultural es seguramente uno de los grandes males que malogran los espacios simbólicos e intelectuales de no pocos ciudadanos.

Armonizar la cultura con la calle.

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