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El discurso político es engañoso. El de las políticas de cultura no lo es menos. ¿A quién le interesa la cultura?.

La política consiste hoy en crear ficciones y comprometer en ellas al máximo número posible de incautos. Actúa bajo guiones premeditados y alcanza oídos poco entrenados para la critica y la reflexión, las cadenas físicas se sustituyen por mitos creados para organizar una sociedad que sustituye el compromiso por las prácticas preformativas. Las nueva élites ya no solo esperan acumular riquezas sino acaparar los campos simbólicos.

Las políticas culturales también son una narración engañosa en la que entran en juego dos factores fundamentales: el desconocimiento (ni les interesa ni saben qué es eso de la cultura más allá de los fastos) y la codicia (la acumulación de poder por encima de cualquier planteamiento ético)

Ha ocurrido así que la cultura deliberativa se ha sustituido por una cultura cautiva en la que nada tiene que ver la comunidad. Ni siquiera la comunidad creativa. La cultura se pretende una ficción en la que se nos ofrece un mundo construido para la pervivencia de los privilegios.

La desmovilización ciudadana, también desde la cultura, necesitará de tiempo y esfuerzo para ser neutralizada.

La cultura contranarrativa, aquella que se opone a formatear ciudadanos.

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