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La cultura como sistema inestable. La capacidad simbólica de la cultura es, con frecuencia, algo que suele quedar al margen de los análisis a la hora de establecer marcos de programación y ejecución de sus políticas. Es como si se actuara de modo automático atendiendo exclusivamente a las señales del entorno inmediato: las tendencias, los resultados cuantitativos predecibles, las oportunidades de negocio político… en cierto modo modelos más bien cerrados y deterministas, una especie de estructuralismo inconsciente que no casa mucho con la trandiversidad esencial de la cultura

Sin embargo, esa capacidad simbólica hace que cualquiera de los productos culturales sean portadores de significado y por lo tanto tengan una influencia, de un signo u otro, en la evolución de las sociedades. Esta simple percepción nos permitiría fundamentar los procesos programáticos sobre cuestiones que van más allá de las circunstanciales y comprender que unas acciones culturales son generadores y otras portadoras. Unas más orientadas hacia la expresión y otras hacia el contenido. Unas expansivas y otras acumulativas.

Evidentemente la fantasía de trabajar sobre “sistemas equilibrados” no coincide con un modelo de sociedad heterogéneo y ultradinámico. La cultura permanece bien lejos también de un supuesto equilibrio: predomina su carácter inestable con lo que no existen evoluciones lineales sobre las que se pueda ejercer control ni previsión, más bien al contrario. Así el mecanicismo, producto de un pensamiento cartesiano (considerando un escenario benévolo para quien define las políticas culturales) y la instrumentalización que de él deriva no garantizan de ningún modo la solidez de los modelos actuales de política cultural.

Esta característica dinámica no lineal, entre otras, hace que la cultura deba ser tomada más como catalizador que como motor (argumento este último utilizado desde las posiciones economicistas) y con ello la interpretación de la complejidad y el entrelazamiento como una oportuna práctica para la operatividad de sus programas y políticas.

En cualquier caso la cultura de ningún modo puede concebirse únicamente en su forma abstracta y simbólica sino que deben armonizarse sus aspectos especulativos con los empíricos. De ahí la necesidad de organizar laboratorios que analicen esa concordancia para alcanzar representaciones materiales de producción y codificación. Se trata de repensar la cultura desde las grandes líneas de organización social, económica y política de las sociedades y asegurar que la comunidad tiene acceso a ellas como instrumento de intervención sobre la realidad. Se supera así la clásica jerarquización que hasta ahora concede a las iglesias, los estados y los medios de comunicación el ordenamiento de la vida cultural de las sociedades. Una verdadera heterogeneización de las sensibilidades.

Una razón más para comprender la cultura como ese sistema inestable del que hablaba al principio y tomarla como un proceso no finalizado de transformación continua. Un proceso perturbador de las costumbres.

 

 

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