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Existen muy diferentes campos semánticos para abrazar el concepto de cultura. Uno son tomados desde el ámbito teórico-racional y otros desde el ámbito empírico. La necesidad de una convergencia entre ambos es absoluta para crear espacios de responsabilidad pública. En periodos de recesión como el actual se produce también una paradoja: se busca una especie de movimiento perpetuo en el que se intenta dar apariencia de normalidad a través de hinchar programas de modo demasiado artificial. Este encadenamiento de eventos continuos supone más una metáfora de la intencionalidad de representaciones que de una ejecución de procesos de construcción de cultura. Estaría bien aprovechar la situación para detenerse mínimamente y reflexionar. Sin embargo, construir un corpus teórico en las administraciones es una auténtica quimera que continuamente se tumba desde criterios economicistas e hiperactividad programática. Sin una perspectiva de futuro amplio se gestiona desde la inercia y en ocasiones desde la ocurrencia, una subjetividad hipertrofiada que no es sino el reflejo de una interpretación parcial de la realidad circundante. Estas posiciones de “seguridad” eximen de seguir pensando y es una posible causa de que la cultura local no siga avanzando en la misma proporción que avanza la calle.  Unas posiciones que se aferran a una especie de “política de la intrascendencia” preocupada por intereses limitados a las lógicas del poder.

Es necesario pues saber de muchas más cosas que de política de partido y de economía para gestionar la cultura. No es suficiente, todo esto se queda pequeño porque, sobre todo, es un mundo cerrado en interpretaciones restringidas. Por ello cuando la base económica se desmorona, todo se cae. No hay una estructura reflexiva. Cualquiera, con perdón, puede gestionar con dinero una agencia de espectáculos (eso parece que han sido los gobiernos locales) y ahora la paranoia radica en dónde conseguirlo. ¿Para qué? ¿Para hacer más de lo mismo?. Enrocarse en el error. Caemos en un efecto bucle en el que continuamente nos proponemos los mismos objetivos para adentrarnos en asuntos que no hemos solucionado.

La función de la cultura pública no es generar mercado sino estructura cultural que pueda evolucionar de forma independiente. De lo contrario se desarticula la participación creativa y se genera una macroestructra de consumo al modo de los centros comerciales que aglutinan la socialización en torno a formatos de masivos: la caverna platónica que, además de cegar desprecia a quienes señalan otras alternativas. Todo se evalúa en función de la magnitud cuantificable del evento, la megalomanía de la programación. En definitiva la escenografía del comercio en la que los flujos continuos son los que importan para mantener una continua marea de acciones nada simbólicas y aferradas a una desfiguración de las necesidades. La permanente huida hacia las sensaciones efímeras.

Esta cultura flujo implica que su gestión no busca un encuentro sino una continua circulación de contenidos, no busca el contacto sino una distribución continua de paquetes. Por eso la cultura pública no cuenta sino en cuanto al valor asociado de esas circulaciones. Producción y consumo sin socialización. Algo que la desvaloriza y la proyecta hacia una circulación sin rumbo y la aprecia únicamente por la velocidad. Se olvida que la cultura también es un espacio para la felicidad y que esta la trae no solo la contemplación sino también la acción y la expresión, la posibilidad de compartir. Se cae en una especie de culturización desposeída en la que el ciudadano no tiene nada que hacer sino consumir lo que se le ofrece. Los excesos evénticos fruto del desconocimiento de los fundamentos de la cultura. Esta tiranía de la programación distribuida merma la capacidad creativa y abandona los procesos de cultura deliberativa y generativa en función de unos métodos que confunden el mercado con los asuntos públicos. Acorralar la idea de cultura.

Así, más allá de las funciones estéticas de la cultura local, debemos comprender que la cultura es un entorno complejo por el que evoluciona la simbología social. Por ello debería contemplarse como un laboratorio que supere los contenidos programáticos. Un laboratorio generado por los ciudadanos a través de sus hábitos y comportamientos, a través de sus derechos participativos.

La cultura debe en todo caso constituirse como un elemento discursivo, no cerrado en el que la ciudadanía se convierta en un elemento confabulado con sus tramas. De ahí la necesidad de no sustentarla de modo exclusivo en un proceso de distribución de eventos que acepta o no las propuestas. El ciudadano/a debe sentirse parte, observar, imaginar y fabular las propuestas, crearlas, integrarlas. Porque la cultura es un lugar de puesta en escena en la que las huellas son el acto de interpretación de esas relaciones múltiples y complejas. Un lugar para la implementación de valores. De ello que sea necesaria no tanto la noción de ciudadano-usuario sino la de un ciudadano cooperativo y confabulado que se comprometa en el mayor número de macronarraciones posibles.

Hay que hablar pues de la cultura de lo posible tomada ésta en cuanto a vislumbrar lo que vamos a ser capaces de crear si cambiamos la estructura de pensamiento. Por ello, la cultura de lo posible es aquella que genera posibilidades de placer, de felicidad y de espíritu crítico.

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