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De la cultura de mercado a la cultura social. Parece que va tomando cuerpo, me alegro, en el subconsciente de la cultura el reconocimiento de la desmoronadora sumisión de ésta a las dictaduras del mercado. Falta hacía. Sin embargo también comienza a hacer falta que esta reflexión se expanda y vaya algo más allá. Y me refiero al análisis de otra sumisión: al abandono de la cultura en manos de las decisiones egóticas de la política  (aunque me niego a desvirtuar el término política y reducirlo a las circunstancias limitadas del corporativismo de los partidos). Una miopía subjetiva que abunda en el confinamiento de ésta a una reducida interpretación de la misma. Desprenderse del mercado es necesario como lo es también hacerlo de la tiranía de una clase política que toma decisiones desde una pretendida autoridad incuestionable.

La autoridad de la cultura local no puede ni debe provenir sino del reflejo de las decisiones del procomún y éstas no pueden delegarse del mismo modo que se delega la gestión del agua o los vertidos. Porque la base de una nueva cultura social no puede construirse desde las mismas lógicas de producción ni de distribución a las que se nos ha acostumbrado. Por supuesto ni desde de la tragedia de las decisiones políticas que nos han conducido hasta donde nos encontramos. El espacio agónico de la cultura.

En este momento menos recursos no pueden implicar directamente menos capacidad si la lógica de la energía (ciudadana y social) se revierte. Y precisamente por esto no podemos caer en un hiperactivismo oficial que oculta de modo artificial una auténtica ignorancia sobre las nuevas necesidades y los nuevos procesos. La inercia programática, heredera de las épocas de bonanza y de la falta de reflexión, no puede ocultar la urgencia de modelos deliberativos. Es necesario socializar la cultura desde el conocimiento y la producción comunitaria. Nuevas instituciones que permitan internalizar la inteligencia local y que terminen con la feudalización de la cultura ciudadana.

Desinstitucionalizar la cultura supone abrirla a la sociedad mediante procesos colaborativos, bajo la lógica de la demanda más allá de la oferta, bajo la lógica del diseño abierto, bajo la lógica de la estructura rizomática. Conocimiento, código y diseño.

Quizá la responsabilidad de las instituciones recaiga más en la cogestión del conocimiento, del intelecto y minimizar los procesos de “fabricación” a los que estábamos acostumbrados. Crear valor para la cultura de un modo distinto, abierto, colaborativo, bien alejado de la realidad subjetiva de las administraciones.

La cultura solo puede generar capacidad colectiva si es social.

 

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