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La cultura unidimensional. Una alegoría de Marcuse. Parece que la cultura solo es racional si es productiva. En cualquiera de sus términos y en función de ser incluida en la maquinaria económica y política. Si no es así es olvidada, relegada. Se productiviza cualquier asunto siempre que sea rentable para los sistemas. La obediencia intelectual. Lo substancial se desvanece en función de una cultura utilitaria que se convierte en factor de producción a partir de políticos estrella que procuran una continua rentabilización del espectáculo por cualquier medio. El ruido es el que manda porque provoca efectos de virtud en el gerente-empleador-distribuidor. Todo se desliza hacia un espejismo listo para iluminar de forma épica toda la envoltura de unas políticas culturales de superficie.

 

Muere así la cultura en su más digna acepción por “muerte matada” que no por “muerte morida” (como dicen los maestros gallegos de sus excuelas).Y la mata el econoteísmo que, como cualquier religión, obliga a no pensar para asumir humildemente sus preceptos. Simplificar y obedecer. Paralizar la crítica y anular la ética. Su relato se convierte en una imposición totalizadora. Como todos los lenguajes sacros, el econoteísta no está creado para que se comprenda sino para actuar como mantra narcotizante. Para crear un halo de ascetismo que no es necesario entender sino acatar. En este sistema todo lo que pierde la cultura (entendimiento, sensibilidad, inteligencia) lo gana el oscurantismo (enfrentamiento, embrutecimiento, instrumentalización). Inteligencia paleolítica al servicio de la política para manufacturar ciudadanos. No hay nada, en todo caso, que no entre dentro de una intencionada estrategia de anulación. La administración de la ciudadanía como nuevo sistema a través de dos niveles: el afianzamiento de la dependencia (a partir de la consolidación de sus deudas) y la anulación del espíritu crítico (a partir del vaciado de sus esencias culturales). Los ciudadanos pasan a convertirse en figurantes de un plan establecido por la oligarquía y disfrazado con aparentes, aleatorios y sucesivos procesos de participación.

 

En este escenario pocas cuestiones se han convertido en algo tan falso como el interés político por la cultura en su amplia extensión. La clase política lleva demasiado tiempo siendo los monaguillos de la economía. Hacen sonar sus campanillas para atraer la atención de los feligreses y llaman al recogimiento mientras el sacerdote levanta la hostia sagrada del algoritmo. El clero dogmático de siempre. El econoteísmo. Otra patología extrema (como suelen ser las iglesias) que impide a sus fieles seguidores el acercamiento a cualquier tipo de conocimiento, argumento o experiencia si no sirve para mantener el dogma. Ignorancia y obediencia. Algo que nos ha llevado al punto en el que nos encontramos: una clase política con licencia absoluta para cometer todo tipo de atropellos desde la más despreciable impunidad, una clase política a la que no se le puede contestar ni replicar porque se ha hecho fuerte en un sistema bastardo. La autocomplacencia y la vanidad son comportamientos bien instalados que ni siquiera se reconocen como no se reconocen las adicciones patológicas. Un autismo evidente que ha colaborado a desmantelar la cultura desde una incapacidad intelectual y operativa únicamente entrenada (como mucho) para la especulación corporativista, el desarrollismo dialéctico, la paranoia contratista, la distribución de espectáculos… Que además no se les pueda increpar es intolerable, que además nos quieran hacer creer que todo esto ni va ni ha ido con ellos es insultante. El rey está desnudo y es necesario poner en evidencia lo evidente (menuda paradoja).

 

La cultura y sus protagonistas se han convertido en figurantes, en piezas de una estructura escénica que se transforma en juguete para el fortalecimiento de una nueva sociedad-marca, de una nueva sociedad señoreada. Así, los exiliados de la cultura no son sólo los ciudadanos sino ahora también los creadores y los empresarios que buscan un hueco en la maquina fordista del entretenimiento. Y lo son porque, desde este sistema perverso que se ha ido creando de ningún modo pueden trabajar si no están ligados a la Administración y al capricho del correturnos que hace tiempo se apropio de una estructura que definitivamente no le correspondía. Por ello para reorganizar el discurso de la cultura y devolverle la credibilidad debemos, entre otras cosas, abandonar la obsesión la culturometría, una nueva estupidez como modelo, esa ortodoxia y que han contribuido tanto a crear los despropósitos que hoy sufrimos.. Disculpen pero la cultura no contabiliza, relata.

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