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La crisis de la cultura pública local. La tiranía de la inmediatez y la cultura transitoria, dos modelos siempre dependientes de los poderes, parecen ser las únicas pautas que son capaces de seguir las políticas institucionales de la cultura local. El tiempo  para el pensamiento y la reflexión no cotizan en esta bolsa política que alterna partidos y gestiona vanidades. Por lo demás nada nuevo si consideramos que su razón de ser, la razón de ser de todas las políticas de partido, no es sino la de incrementar sus beneficios corporativos.

Pocas razones que no vayan más allá de la espectacularidad y el escaparatismo. Pocas que tengan que ver con la solidez de los proyectos a largo plazo y la creación de sociedades criticas y emancipadas. La cultura como stock que distribuye paquetes cada vez más prefabricados. La cultura dispensario, la cultura franquicia. Para esto no hace falta la reflexión sino el manejo de unas mínimas artimañas comerciales. ¿Cómo esperar así que el ciudadano se sienta comprometido? La cultura local, hoy por hoy, difícilmente reporta recompensas sociales y el crecimiento de los espectáculos rara vez coincide con una sociedad más brillante.

El político se ha convertido en el comercial de las culturas y los técnicos, cuando no conniventes, se encuentran atados a la administración de sus grandes ocurrencias. El pensamiento y la reflexión como carburante hace tiempo que parece estar agotado y poco a poco la precariedad perseguida de los trabajadores públicos va a conseguir que los técnicos no sean sino repartidores de entretenimiento. Non olet.

A la degradación de la situación financiera se le añade esa degradación intelectual, más triste si cabe, y es la suprema unión de estos dos factores lo que nos empuja a una situación de difícil salida. Si no hay tiempo para pensar más fácilmente nos hundimos y más fácilmente accede al podio una gestión mediocre y cretina.

¿Para qué puede servir la cultura? En este contexto para bien poco. Ni siquiera para aportar una mínima coherencia a la cacareada y desfigurada transversalidad de las políticas locales. Mucho menos para la manoseada sostenibilidad. Y nada para el hipervacio discurso de motor de la economía.

Olvidado queda aquello de comprender y pensar ponderadamente nuestro entorno, identificar las identidades emergentes, neutralizar la depredación de los poderes, intervenir las resignaciones, reivindicar las nuevas relaciones con la economía, reforzar el comunitarismo…

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