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Tendemos a creer que la cultura no existe si no la gestionamos. Sin embargo deberíamos observar los procesos mínimos, aquellos que a los ojos de las políticas dinámicas permanecen ocultos, aquellos que parecen intrascendentes o que no están dentro de los campos especulativos de la gestión, de nuestra tutela. O, como ya he dicho en otras ocasiones, que pertenecen a esas culturas tímidas que no cotizan en bolsa.

Quizá volver de algún modo a interpretar la cultura comunitaria, aquella que pone las bases, sería una salida impecable.  Porque estos procesos mínimos de la cultura son indudablemente los únicos que pueden permitir cimentar. Luego construir. Más tarde enriquecer. Un simple principio de superposición formalizadora de la cultura. Abandonar la pretendida generación espontánea del interés. Una actitud que parece provenir de cierto aislamiento de la realidad y que permanece en los altos niveles de la gestión pública e industrial de lo que hoy se entiende por cultura. Una cultura, en cierto modo, impuesta bajo intereses claros de rentabilidad política y financiera.

El mercantilismo cultural esta muy lejos de los principios básicos del procomún, de la comunidad que decide. Se han generado estructuras que dominan los expertos y que, bajo la paranoia de la excelencia, subvierten los procesos de participación e implicación ciudadana. ¿Expertos en qué? Habitualmente en gestión administrativa.

Esto significa que hemos alcanzado un déficit cultural que se manifiesta por la diferencia que existe entre la oferta oficial y las necesidades y sensibilidades de la sociedad. Una cultura especulativa que las administraciones y las industrias consideran legitima. Una cultura impuesta que solo beneficia a un determinado grupo de población.

Por ello una acción cultural comprometida no puede desarrollarse desde la direccionalidad de las autoridades sino que tiene que acompañarse de inmersiones más que de inversiones. Una nueva articulación política que refuerce la base ciudadana más allá del consumo, que genere espacios de convergencia. Posiblemente así nos alejemos de ese canto de sirena que encumbra a la cultura como motor de la economía. Posiblemente la coloquemos en el lugar que le corresponde: como motor de la humanidad.

Una ciudadanía inactiva culturalmente (consumir no significa estar activo) configura una sociedad paralizada en sus esencias.

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