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Estoy por decir que temo el momento en el que las políticas de cultura quieren ir más allá. Y lo temo porque se convierten en una especie de parcheadores que buscan soluciones inmediatas y estridentes a cuestiones que requieren largo recorrido. Una combinación entre desconocimiento y ambición que llena nuestras ciudades de fuegos de artificio en forma de planes, guías, modelos y estrategias de todo tipo a las que se juntan las inevitables pompas en formatos inimaginables. Reforzar el conocimiento y tapar las fugas de inteligencia es algo inimaginable para esta cultura local de galas y solemnidades. Los políticos han tomado las riendas y se ha eludido su razón profunda. Se valora la superestructura y se industrializa la sensibilidad: la cultura ha entrado en catálogo de expendeduría, una especie de inventario ikeaiano del breviario del buen político.

Porque la cultura comenzó a equivocar sus tiros cuando pretendió ser parte del establishment y avanzó una disidencia intelectual que ha devenido en esta borrachera histórica de parafernalia vacía, de buenismo empalagoso en los casos más agradables. Más aún cuando se la ha dignificado desde los relatos del pensamiento económico dominante. Pero la “cultura de consumo”, lo siento, no es el remedio para el consumo de cultura si esta es la línea que se pretende. El equívoco sobre la esencia. También la cultura se ha dejado en manos de quien ha hundido todo y pagaremos durante mucho tiempo esta sumisión institucional a la que nos hemos sometido, esta entrega a la indigencia intelectual de quienes gobierna la cultura desde la  obediencia a las corporaciones políticas que los admiten. La docilidad está reñida con la crítica. La cultura local como performance política. ¿El desahucio del pensamiento? Puede que en algunos casos también. Conozco una gran cantidad de profesionales  a los que se les ha privado y se les priva de sus capacidades: el techo de las instituciones lo señala el nivel intelectual de sus autoridades ya sean técnicas o políticas y en la cultura, vaya paradoja, es tremendamente bajo.

Aparece un escenario que bien podrá identificarse como  la “soledad de la cultura”, aquella que transita por caminos que no aceptan los cánones. Una especie de anomalía que no se deja tabular ni estabular, que no busca la normalización, los lugares comunes, los artefactos narrativos sin argumento. Una especie de anomalía que no pretende ser codificada ni embalsamada con las estrategias sociomercantiles de las corporaciones políticas que nos gobiernan. Porque la cultura convertida en intendencia no tiene salida. Y porque esa especie de consenso dócil y acrítico en torno a la cultura como bien de consumo ha hecho más daño que cualquier crisis económica que tengamos que soportar: cuando la estructura intelectual se desmorona en favor de la eficiencia y la oficialización surge el artífico.

Quizá la redistribución de la cultura no sea sino la redistribución del conocimiento.

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