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Destruir la linealidad del progreso, buscar la lateralidad. El dictado del desarrollo puede que sea uno de los temas a tratar de forma intensiva en los debates sobre el futuro de la cultura. La capacidad para dotarnos de un pensamiento lateral que pueda ofrecer una diferencia tan substancial como para liberarnos de esta inercia que mueve a la civilización hacia una pereza que parece no tener remedio. ¿No es saltar las barreras lo que buscamos? Ya no parece estar la salida en alcanzar algo diferente sino en merecer algo discordante. Nada fácil. Pero es posible que haya que cambiar los pasos para inventar el foxtrot, para contactar con todos los desapegos. Si no ¿qué es lo que buscamos? El modelo ha muerto y no podemos resucitarlo. Quizá usar alguna de sus piezas todavía sanas. Pero no todos los órganos son compatibles con los cuerpos receptores. Sustituir ese camino de superficie y probar inmersiones para buscar en otros espacios quizá más profundos.

Los lugares donde hervían nuestras ideas ya no existen. Han sucumbido, han sido definitivamente abordados, conquistados y saqueados. No podemos vivir en ellos sin plantear una resistencia perdida de antemano, ellos tienen las armas necesarias para ese campo. ¿Dónde nos colocamos? Todos sus caminos conducen a los mismos principios y cualquier contradirección termina siendo reconducida, cualquier contratendencia dominada por la doctrina que transmiten y retransmiten sus medios, esos medios que custodian los valores (no nos olvidemos que la escuela y el resto de los niveles de la educación también forma parte de esa estructura protectora). Y nos domina la esquizofrenia mientras razonamos, mientras vemos como la cultura de mercadillo nunca ha conocido una forma tan masiva de consumo, cuando las fuentes de formación producen una apariencia de total escolarización. Sospechoso. ¿Es posible que se haya entregado todo con tanta venia?

Quizá la cultura tenga que refutar a la cultura. Comprender que se ha alcanzado un sedentarismo intelectual sin haber aprendido a dominar los territorios de cultivo, sin haber construido un espacio mental por donde se pueda circular con absoluta libertad, sin haber construido un hábitat propio para sobrevivir a la tiranía de quien ha parcelado y arrendado las tierras para ese cultivo. Aunque quizá, solo quizá como siempre, esta apertura de espacios pase por una actitud mental previa que cargue de una energía anímica diferente. Porque todo es siempre y  únicamente una sucesión de consecuencias. Y también porque el resto es quedarse en una reparación de superficie que hace ya demasiado tiempo que no admite más apaños. Nuevos escenarios que coloquen el foco y apunten hacia otros territorios intelectuales y prácticos, que permitan desmantelar buena parte de las herramientas mentales que impiden la incorporación de otras nuevas.

La cultura es mutante y no es posible que su entorno permanezca en el más absoluto inmovilismo. Por eso me resulta tan grotesca la actitud de determinados personajes amarrados unos pesados privilegios, tan cuestionados como cuestionables, que nos hunden sin remedio. Que nos arrastran hacia el fondo.  No es posible una verdadera reforma sin contravenir las normas existentes.

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