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Una forma coherente de ver las políticas de cultura nos debería llevar a abandonar el fetiche de la participación, una participación que, entiéndase, ha sido analizada siempre más bien desde la perspectiva de la “presencia”. Posiblemente haya sucedido por la combinación de imperativos económicos mezclados con las peculiaridades políticas. En este momento cualquier planteamiento de renovación se bloquea por esta misma tendencia conceptual y se obstaculiza con las añadidas dificultades económicas por las que pasamos. Parece que desde aquí de ninguna manera podemos alcanzar el valor intrínseco de esa renovación tan deseada.

Siendo así la parálisis por esa falta de recursos, esa falta de dinero, lo que nos señala es que, en realidad ha habido, en general, muy poco fondo. Además de demostrar que esos grandes eventos a los que nos fuimos acostumbrando nada o en bien poco han contribuido a una sociedad ávida de cultura. Como bien poco o nada han contribuido a consolidar un tejido de empresas culturales sólido y autónomo. Y otra triste paradoja: nos fuimos abandonando en las manos del mercado sin saber usar sus reglas. Hasta un lego absoluto como yo en esos menesteres comprende que sin crear una necesidad (real o ficticia) malamente puede haber demanda.

La reflexión, la teoría, el pensamiento crítico y constructivo que tanto se ha denostado y despreciado desde la tiranía de la inmediatez y la cultura transitoria mientras el dinero fluía sin aparente final ha conducido a una cultura pública sin fondo y sin consistencia. Estar sereno y ser radical no es incompatible sino necesario para enfrentar los nuevos escenarios. En todo caso, el poder, político y técnico (o politécnico que es más peligroso), nunca se planteará este estado porque sus intereses corporativos no lo contemplan.

En algún momento, hace tiempo, dije que la evolución natural de las áreas, servicios, unidades… de cultura debería de ser la autoextinción si su labor se realizara convenientemente. En fin, el objetivo de alcanzar una sociedad libre y comprometida, una sociedad sin tutelas. Cada día lo veo más lejos y, por supuesto, cada vez que vuelvo a afirmarlo me siguen soltando los perros.

Y no se si me salgo del tiesto pero tengo la impresión de que un cierto postestructuralismo nos ha sorbido las mentes y ese individualismo intelectual y práctico que ha marcado el pensamiento en las últimas décadas a calado también en el modo en el que nos planteamos las luchas de la cultura. También nos individualizamos, en ciertos modos y momentos, del resto de las realidades para reivindicar “lo nuestro”. Y esas castañas que queremos sacar del fuego no son mías, ni tuyas ni tan siquiera nuestras.

Y me da la impresión de que no repensamos la cultura sino que nos pensamos y repensamos a nosotros mismos sin que nada de lo que decimos salga al exterior, a la ciudadanía que, en definitiva, es la que debe recibir esos productos que decimos son tan importantes y que, por otra parte, debe compartir y comprender nuestras aspiraciones.

¿No será que hemos caído en un proceso de autoenamoramiento? Siento que en ocasiones hay demasiado narcisismo también en nuestras filas, que ese acercamiento al ciudadano, que ese discurso tiene más de retórica que de compromiso. Que hay una justificación exagerada en la búsqueda de culpables al otro lado. Seguro que me equivoco pero algo hay que hacer también para pensar las cosas desde fuera y desintelectualizar los discursos para que se nos entienda. Empezando por mí mismo.

Deben terminar los tiempos de cultura simulada.

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  1. “Cultura simulada” es casi una prosopopeya, casi mejor diría “cultura dominada”, ya que lo está por gañanes que han venido acentuando la responsabilidad de las personas sobre su propia posición social, lo que ha determinado en última instancia el predominio de valores individualistas y contrapuestos a la lógica de la solidaridad y la cooperación. Por eso, hostias, por eso estamos tan lejos de todos los demás.
    Pues claro que la politécnica se la casca mirándose al espejo. Cientos y cientos de palabras para justificar su existencia e inoperancia.
    Yo me niego al abandono de la participación porque ES nuestra herramienta para articular la sociedad y empujarla a intervenir realidades. Los “hombres de negro” llegaron al sector cultural mucho antes que al económico, de ahí los terrores nocturnos de quienes pululaban bailando consigo mismos por el mercadeo cultural, se llamen como se llamen, vástagos o nobles.
    Es un blackout total el no tener fondos… o… tenerlos aunque callárselo.

    Inspirador, como siempre.

    Abracicos.

    J

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