[#873]

No sé si hemos sabido transmitir correctamente la idea de transversalidad de la cultura. Incluso creo que la idea misma no es correcta. Me parece más apropiada la de cultura como concepto sistémico. Puede que no haya una diferencia demasiado clara pero a mí me parecen cuestiones con matices. En todo caso esa idea de la cultura como impregnadora de las políticas públicas es algo que no se entiende. Y no se entiende porque ha quedado relegada más bien al conjunto de sus productos. No me extraña en este caso que quien tiene la responsabilidad de planificar las políticas se pregunte qué hace un titiritero planificando la ciudad en la misma mesa que los urbanistas. La cultura que se comprende queda corta y se queda en una simple teatralización de la realidad porque se ha confundido el continente con el contenido, proceso con esencia. Este reduccionismo impide alejarse de los modelos distributivos habituales. Y sobre todo de procesos que investiguen mas allá de las disciplinas impuestas, que investiguen las anomalías desde una perspectiva abierta (sistémica decía).

[#872]

Los modos de hacer el pan también son manifestaciones de un hecho cultural. Y el despreciable toro de la vega.

[#871]

La cultura oficial obligatoria. Aquello que las instituciones proveen. Profilaxis social. Los rituales de participación.  Siguiendo la reflexión de Ivan Illych, de cultura para todos deberíamos pasar a cultura por todos. Las instituciones se han apropiado de la responsabilidad y el derecho que todo ciudadano tiene a elaborar su acceso y producción de la cultura. Se provoca la experiencia de una cultura preparada configurada por intermediarios expertos. La cultura parece estar demasiado oficializada, excesivamente administrada y centrada en modelos que confunden los criterios públicos con los de partido. La visión institucional del mundo. Las burocracias del bienestar cultural.

[#870]

Posiblemente la cultura haya perdido su hegemonía sobre el pensamiento. Ha dejado de ser el cerebro de la humanidad. O ha cambiado ese cerebro, como hacen los cerebros, según el contexto. Ha mutado.

[#869]

Las estrategias deberían ser cuadernos en blanco para comenzar con procesos de habilitación y rehabilitación. Cuando todo ha sido institucionalizado en procesos planificados desde una concepción técnica y aséptica cualquier reflexión de la ciudadanía pasa por aceptar y considerar normal que existan instituciones que definan y determinen de modo unilateral  los recorridos de la sociedad. El valor de la sociedad culta se da entonces por la capacidad de ésta para consumir. La combinación de una ciudadanía apartada de su devenir y la consideración de esta como meros usuarios no deja límites para la usurpación de los poderes.

[#868]

¿Nos planteamos cómo afecta la cultura al cerebro?  ¿Sólo sabemos hablar de cómo afecta al bolsillo? También hay activos tóxicos.

[#867]

No quiero ocultar, me traicionaría y les traicionaría, que no creo en los resultados reales de los Planes Estratégicos. Para mi no constituyen, la mayor parte de las veces, sino un ejercicio literario que insiste más bien en un catálogo de tendencias con mayor o menor acierto. Que pueden ser fácilmente exportados porque valen sus conceptos para cualquier ciudad del entorno que conocemos. Que difícilmente se dirigen hacia objetivos revisables y verificables (o que raramente se verifican y revisan) y tratan de encapsular modelos que casi automáticamente se autodestruyen en una realidad que se reproduce y recontextualiza a velocidades mayores de la que ellos soportan. Que constituyen, quizá, una teatralización de la realidad cultural de las sociedades.

En todo caso no dejo de aceptar que en algunas ocasiones sus conformación deja más mella que sus aplicaciones con lo que más bien deberían constituir un compendio de preguntas, una tratado para la provocación y la controversia. Un breviario de señales. Un esquema que determine la cultura como transcurso más que como acceso. Que valoren el excedente cultural de las comunidades, incluso de aquellas que permanecen ocultas.

Quizá confundamos cultura con estructura cultural y ello nos lleve a esos contrasentidos. Que estemos trabajando con modelos y recursos reflexivos caducos y que les exceda la realidad. Que, ya lo he mencionado en otras ocasiones, todo esto no sea sino un ejercicio de paleofuturismo porque el presente que vivimos ya ha superado las expectativas de futuro que en él se plantean. Diseñar lo que vendrá con el pensamiento ya caducado.

O con un pensamiento focalizado que pone el énfasis en el consumo y distribución de los productos culturales confundiendo la aspirina con la sanidad. O un discurso contradictorio que no coincide de ningún modo con las prácticas políticas de quienes lo proponen.

Me canso.

[#866]

En todo caso, insisto, el desafío actual de la cultura pública pasa por la investigación. Por una propuesta que integre la enorme cantidad de vida cultural que existe fuera de las administraciones (acudan aunque sólo sea a twitter) y la escasa capacidad histórica de éstas para adaptarse a las realidades externas. Producir herramientas para que esta conexión se dé y permitir a organizaciones, instituciones, agentes, creadores y ciudadanos evolucionar en un escenario múltiple, emprender acciones integradas.

No hablo de arrinconar las unidades de programación sino de armonizarlas con unidades de pensamiento que sean capaces de permeabilizar los conocimientos adquiridos y generados. Tener una visión integrada del sistema cultural y su relación con las sociedades, dejar apartados los tiempos en los que los poderes públicos locales se otorgaban el privilegio de diseñar unilateralmente los modelos ciudadanos de cultura.

El desafío es integrar la información y el conocimiento que permanece en la sociedad y ser capaces de acoplar las mutaciones continuas que genera la inteligencia activa. Una especie de gestión regenerativa que sea capaz de enfrentarse al reto de reprogramar modelos y activar espacios muertos. Que aporte conocimiento a un sector cultural en forma de mecanismos integrados, que potencie imaginaciones, que favorezca nuevas concepciones del trabajo en cultura.

[#865]

La cultura va mucho más allá de lo que suponen sus manifestaciones. Supone la incidencia directa en el corpus humano de las sociedades. En la configuración del modo de ser y del comportamiento de éstas. Esta referencia básica se olvida a menudo y se centran las políticas públicas en la promoción y el desarrollo de los procesos expositivos en cualquiera de sus múltiples facetas. En el impuso de industrias de todos los tamaños y en la protección de sus productos.

También la cooperación cultural parece reducirse a ello, al intercambio de mercancía. No se comprende muy bien que exista otro modelo cooperativo que no este marcado por este prisma utilitarista. Sin embargo la cooperación para la investigación debería ser uno de los pilares fundamentales para las políticas públicas de cultura. Se debería reforzar la reflexión conjunta para proponer mecanismos que permitan consolidar la generación de sociedades completas, modelos que, además de la estabilidad suficiente para garantizar el bienestar económico de la ciudadanía, pudiesen garantizar su bienestar intelectual y humano. Las cuentas de resultados de las políticas públicas de cultura debe medirse por la multiplicación de esos valores. Es bien necesaria la puesta en marcha de programas públicos de cooperación cultural fundamentados sobre la investigación.

Insisto, la cooperación va mucho más allá del intercambio de productos y de la convencional transferencia de ayudas económicas. El reto va a ser integrar modelos que permitan ir más allá del diseño de productos, va a ser iniciar procesos que permitan aportar conocimiento para encontrar nuevas respuestas. Va a ser abrir los canales para transferir inteligencia. La cooperación para el conocimiento supone superar la focalización de la acción cultural.

[#864]

A vueltas con las culturas quizá podríamos hablar también de culturas “ocultas”. Un territorio desconocido que  compone el núcleo de la cultura como soporte social, culturas que difícilmente pueden contemplarse porque no afloran, que no lo hacen porque no aportan esa espectacularidad que hoy parece necesaria. Y porque solemos prestar atención únicamente a lo que se nos presenta perdiendo poco a poco la curiosidad por lo que está detrás, por lo no visible. Actuamos como si no existiese. Nos cuesta descubrir.
 
Pero indagar también debería ser una actitud relevante en los modelos de gestión de las políticas públicas de cultura. Y hacerlo no para localizar aquello que puede constituir un éxito sino para escudriñar el fondo. Para componer una estructura narrativa liberada del argumento (¿demasiados planes estratégicos?) que pueda fluir más libremente, que permita crear espacios que el ciudadano ocupe sin tutela.
 
La gestión pública de la cultura no puede falsear la realidad y la realidad es que esas culturas ocultas no son meros peones en el entramado ciudadano. La realidad es que pertenecen al paisaje humano.
 
Construir una ciudad de fachadas utilizando la cultura, determinada cultura, como referencia y marca (odio con todas mis fuerzas ese concepto) deshabilita y coloca a los ciudadanos como meros figurantes.